El Silbón es el espanto más temido de los Llanos venezolanos y colombianos. Es un alma en pena alta y flaca, con un sombrero de ala ancha y un saco de huesos al hombro. Se anuncia con un silbido que sube y baja por la escala, y los llaneros lo cuentan desde hace generaciones alrededor del fogón.
La versión más extendida habla de un joven consentido que mató a su padre. Según la región, lo mató por celos, por una ofensa o por una comida que el padre no le trajo. Al saberlo, el abuelo lo ató a un poste, lo azotó y le frotó ají en las heridas. Después le soltó los perros y lo maldijo a vagar para siempre cargando los huesos de su padre. Desde entonces camina de noche por el llano, silbando.
Como toda leyenda oral, cambia de un pueblo a otro. Lo que no cambia es el saco, el silbido y la maldición.
Es la regla más conocida de la leyenda: si el silbido suena cerca, El Silbón está lejos; si suena lejos, está cerca. Por eso a nadie en el llano le tranquiliza un silbido lejano. Cuentan también que a veces se sienta junto a una casa y cuenta los huesos de su saco, uno por uno. Si alguien lo oye contar, no le pasa nada. Si nadie lo oye, al amanecer muere alguien de esa casa.
La tradición dice que busca a los parranderos, a los borrachos y a los mujeriegos que andan solos de noche. Lo espantan el ladrido de los perros, el látigo y el ají, las tres cosas que recuerdan su castigo.
En la novela, El Silbón no es un cuento para asustar a los niños. Camila tiene dieciséis años y empieza a oír un silbido «con una cadencia precisa, un orden imposible de confundir» detrás de su ventana. En la pared de su cuarto aparece una mancha oscura con la forma de un saco. Y aprende la primera regla de lo que la persigue:
—El Silbón no persigue lugares.
Lo que viene después la lleva al otro lado de un portal, a una selva que la conoce por su nombre y a un río que guarda un secreto sobre El Silbón que nadie le contó.